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By Euripides; Medina González, A. y López Férez, J. A. (trad.)

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ALCESTIS. — Ya no existo. ADMETO. — ¿Qué haces? ¿Nos abandonas? ALCESTIS. — ¡Adiós! ADMETO. — ¡Estoy perdido, infeliz de mí! CORIFEO. — Ha partido, ya no existe la esposa de Imeto. 390 EUMELO. Estrofa. ¡Ay de ;n suerte! Ya mamá se ha ido bajo tierra; no existe, padre mío, bajo la luz del sol. Nos ha 395 andonado dejándonos huérfanos, ¡desdichada! Mira, ~ra sus párpados y sus manos inermes. ) ¡dyeme, 2dre mía, te lo ruego! ¡Te llamo, te llamo hijo, que cae sobre tus labios! ADMETO. — Ni nos oye ni nos ve.

50 Perseo era abuelo de Alcmena, madre de Heracles. ALCESTIS 35 HERACLES. — Ser y no ser se consideran cosas distintas. ADMETO. — Tú lo juzgas de una manera, Heracles, yo de otra. HERACLES. — ¿Por qué lloras? ¿Quién de los allega- 530 dos ha muerto? ADMETO. — Una mujer. De una mujer hemos hablado hace un momento. HERACLES. — ¿Era extraña, o unida a ti por lazos de parentesco? ADMETO. — Extraña, mas, en otro sentido, ligada a la casa. HERACLES. — ¿Y cómo perdió la vida en tu casa? ADMETO. — Desde que murió su padre, estaba aquí 535 como huérfana.

Debe tenerse en cuenta, además, que con Eurípides la tragedia griega evoluciona en el sentido de que los personajes empiezan a perder o han perdido por completo su temperamento heroico y se convierten en seres de carne y hueso, acechados por las pasiones y por los problemas humanos, en los que la alegría y el dolor se entremezclan constantemente. En una palabra, la tragedia ha perdido ya su carácter venerable y se aproxima ya, a grandes pasos, a los ideales que informan la Comedia Media y la Nueva, en la cual el des2 A.

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